Cuando se viaja a Estados Unidos o Europa, sorprende gratamente la posibilidad de atravesar ciudades y pueblos a pie gracias a las aceras, a la gran cantidad de semáforos diseñados para que los peatones tengan su momento inequívoco para cruzar y a los pasos de peatones, también conocidos como ¨pasos de cebra¨. Hay ciudades en las que los conductores se detienen tan pronto ven que se acerca al paso un peatón, aún sin tener la certeza de que va a cruzar. En otras se detienen tan pronto alguna persona inicia el cruce. El respeto a este símbolo puede que responda a una actitud cívica, desarrollada durante siglos, o sencillamente a que las multas que se imponen por no respetarlo los obligan a detenerse.
En Puerto Rico, lamentablemente, no hay semáforos que permitan cruzar con entera seguridad porque los vehículos pueden transitar con el semáforo en rojo si se gira a la derecha. Los cruces de peatones son casi inexistentes. En su mayoría, están borrosos ya que nadie se ocupa de pintarlos. Tanto la Policía, que tiene que velar por el cumplimiento de la ley, como el Departamento de Obras Públicas, que tiene la responsabilidad de pintarlos, miran para el otro lado. Borrosos o no, lo cierto es que, aunque son los lugares designados para cruzar, a falta de un semáforo, nadie se detiene.
Si bien esta situación es el pan nuestro de cada día en San Juan, hay tres ejemplos especialmente destacables por lo que simbolizan. Justo frente a la casa de las leyes federales quedan restos de lo que era un paso de peatones. Los cientos de viandantes que cruzan la Avenida Chardón tienen que lanzarse y rezar porque nadie respeta el paso. Otro que resulta especialmente irritante es el paso de peatones ubicado frente al Hospital Auxilio Mutuo. Diariamente la cruzan cientos de pacientes de todo tipo, que no tienen ni la agilidad ni los reflejos para esquivar a un automóvil que viene lanzado. Este lugar es aún más peligroso porque en él confluyen el tráfico que transita por la avenida Ponce de León, el que desemboca desde la Avenida Muñoz Rivera y la Avenida Piñeiro, así como los vehículos que salen del estacionamiento del Hospital y de una calle adyacente.
El tercer ejemplo es el más llamativo porque se trata de un lugar que carece de un paso de peatones. Se trata del cruce frente a los portones principales del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Frente a los portones discurre la Avenida Ponce de León. Desde que se construyó la Plaza Universitaria y el Recinto se expandió a extramuros, los miembros de la comunidad universitaria tienen que cruzar la Avenida para tramitar múltiples gestiones administrativas y académicas. Lo lógico, lo razonable, lo vialmente correcto, es que se provea un paso de peatones. No sabemos si se hicieron las gestiones necesarias, pero para sorpresa de la comunidad universitaria que se vio afectada por la decisión unilateral de desmantelar el Recinto, un día se encontró con un letrero que prohíbe cruzar la Avenida y que obliga a usar el paso subterráneo del Tren Urbano. Como es de esperar, casi nadie está dispuesto a dar este rodeo innecesario. Estos tres ejemplos muestran cómo, tanto la intransigencia como la apatía ponen en riesgo la vida y la integridad de los transeúntes de San Juan. Si la Alcaldía de San Juan quiere una ´ciudad caminable´, es por aquí por donde tiene que empezar a trabajar.
Nota: Este artículo fue enviado al periódico El Nuevo Día para su publicación enla sección de opinión. A pesar de que lo reduje para amoldarlo a los requisitos establecidos po el Sr. Francisco González Vacas, no fue publicado. Unos días después de haberlo sometido, escuché que dos personas habían sido arrolladas frente al Hospital Auxilio Mutuo. A pesar de pedirle al Sr.
González Vacas que lo publicara, con la esperanza de que no se repitiera otra tragedia, no lo hizo.