Desde hace años vengo enviando cartas a El Nuevo Día y a la Alcaldía de San Juan, alertando sobre la situación peligrosa en la que nos encontramos los residentes, visitantes y empleados que laboramos en el Viejo San Juan, pero el problema, lejos de resolverse, cada día se agrava más. Esta pequeña isleta recibe miles de visitantes, que acuden a las muchas celebraciones que siguen haciéndose en este espacio reducido. El atractivo de los barcos que atracan en la entrada de San Juan, los numerosos quioscos que se apostan frente a la Dársena y al Edificio Federal, y la entrada y salida del estacionamiento La Puntilla, frenan el flujo normal del tráfico, que una vez que entra por las calles Norzagaray, San Francisco, Recinto Sur y los muelles, sale principalmente por las calles San Justo y Recinto Sur y se concentra, en forma de embudo, frente a la Dársena y los muelles.
Cada fin de semana, día festivo, período de Navidad u otra celebración señalada, se crea un embotellamiento que comienza en la Plaza de Colón, por el Norte, y en los muelles, por el Sur, y que, como pescadilla que se muerde la cola, se encadena en todos los puntos donde hay tráfico vehicular. Como resultado, se colapsa el tráfico y no hay forma de entrar ni de salir. Esta situación se agrava porque hay varias calles cerradas por obras, desde hace varios años, como es el caso de la calle Tanca, Esquina Luna; la calle San Francisco, Esquina Fortaleza; la calle Recinto Sur, esquina Tetuán; y la calle Tetuán, esquina Tanca. Como si fuera poco, es cada vez más frecuente el cierre del tramo de la calle Fortaleza, ubicado entre Tanca y la Plaza de Colón, para favorecer a los restaurantes de esta zona.
Lo más exasperante es que cada vez que ocurre esta situación ni la Guardia Municipal ni la Policía de Puerto Rico hacen nada al respecto. Unos y otros se contentan con mirar el espectáculo, comentar entre ellos y seguir impasiblemente su camino, dejando que los vehículos se atraviesen en doble y triple fila. En otros casos, se apostan en alguna calle, como suele suceder frente al Teatro Tapia, e impiden el acceso, sin una razón lógica, tanto a visitantes como a residentes, con lo que solamente logran agravar el problema.
Este estancamiento total del tráfico en el Viejo San Juan es una bomba de tiempo que, además de los inconvenientes que nos crea constantemente a los residentes, puede ser la causa de tragedias individuales o colectivas, ya que en una situación como ésta es imposible que accedan a la Isleta bomberos, ambulancias, taxis o servicios de rescate. Los responsables últimos de lo que pueda ocurrir en el Viejo San Juan serán el alcalde de San Juan, Jorge Santini y el gobernador de Puerto Rico, Luis Fortuño, ya que ambos también hacen caso omiso a un problema que clama al cielo.